¿Y si la vida fuera un circulo? ¿Y si uno terminara donde comenzó? A cuento viene el siguiente relato, que no intenta demostrar la verdad de la milanesa ni tampoco el punto exacto del ojo de
bife.
Érase una vez el campo de mi abuelo, y
érase una vez, un matrimonio vecino. Por esa manía, tan argentina, les decíamos los D
amianos,
Damiana y
Damián. Jamás supe a ciencia cierta si eran sus verdaderos nombres. Habían llegado de capital hacia cuarenta años, y mi abuelo les había dado un par de lotes para que armaran una quinta. Antes se decía así, ahora seria una huerta orgánica, cosas de la modernidad.
Solo me separaba del mundo de los
Damianos una puerta de alambre, yo pasaba cuando se me daba la gana. Para desgracia de ellos se me daban seguido las ganas. Atravesaba el gallinero, las conejeras, y previo toquetear a cuanto conejo había, entraba a lo que para mí, era el jardín de las maravillas. Tenían glicinas, enredaderas con esos
zapallitos que luego se hacen esponja, madreselvas,
agaphantus y cuanta flor silvestre
podía llegar a crecer en la zona. Me sentaba con Don
Damiano, en una mesa enorme de madera, y ahí el separaba la verdura mientras me daba una fuente de piñones para picar. No hablaba mucho
Damiano, contaba a veces cosas de Polonia, pero a cuenta gotas como si la sola idea de dejar salir los recuerdos, hiciera que no fueran propios. Yo me quedaba horas en silencio, con mis libros o los piñones. A la distancia creo que tenían eso siempre preparado para entretenerme un rato.
Damiana hablaba francés, lo había aprendido en casa de una familia criolla, donde a fuerza de sopapos había logrado coser vestidos y aprender una segunda lengua. Ahí conoció a
Damiano, que en ese momento no hablaba ni una palabra de castellano pero era lo bastante despierto como para conducir uno de los autos de la familia. Se casaron, y cuando se cansaron de llevar a las señoritas de la casa de
acá para allá y coserles los vestidos se vinieron al campo.
No se hablaban mucho, don
Damiano era casi hermético, cuando yo terminaba de picar los piñones, me llevaba a la cocina, ahí dejaba en mis manos el batido de huevos y hacíamos bizcochuelos. Era toda una ceremonia, cascar los huevos le
podía llevar quince minutos, y mientras
Damiana repetía: “le
meson est petit, le
cor también”, se iba cocinando el bizcochuelo.
Adoraba esas tardes, donde ni siquiera
podía escuchar las voces de mi familia, donde el mundo se reducía a mas no poder. Jamás los vi discutir, lo de ellos era una educada indiferencia.
Si se largaba a llover, yo me quedaba un rato mas, porque según
Damiano no podían dejarme mojar. Y ahí el te terminaba en
tómbola. Sacaba los cartones, la bolsa y largábamos con la fila y el cartón lleno. Todavía hoy recuerdo el olor a lluvia, el agua cayendo por la galería de vidrios repartidos, el sombrero de paja de
Damiana, y el olor a bizcochuelo.
Así pasaba mi infancia, poblada de esa calma campestre, que solo se alteraba los fines de semana cuando llegaban mis primos. Ahí desaparecían los
Damianos, como si se esfumaran por arte de magia, y yo evitaba cruzar la puerta de alambre.
No es que no vinieran porque no estaban invitados, mi tío
Robertito tenia la costumbre de apoyar a la pobre
Damiana. En esos momentos los chicos nos reíamos, mi abuela gritaba: ¡doña
Damiana entienda que es enfermito!, y
Robertito parecía poseído.
Mientras yo crecía veía que la quinta se achicaba, un año desaparecieron los tomates, otro las calabazas, y los
Damianos iban envejeciendo. Yo seguía pasando mucho tiempo con ellos, pero ya no solo picaba los piñones, ahora era yo la que hacia los bizcochuelos en silencio como siempre.
Un día me despertaron los gritos de
Damiana y varias estampidas. Vi que mi papa corría hacia la quinta, para luego volver a las corridas y en zigzag. Don
Damiano estaba cuerpo a tierra entre los
choclos hablando en polaco trasladado
mágicamente a la segunda guerra mundial. Recuerdo que subí al techo para poder ver mejor, y ahí vi a don
Damiano, en calzones con la escopeta, arrastrándose entre los
choclos.
Luego de eso, don
Damiano tenía periodos donde le agarraba “el polaco loco”. Así diagnostico mi papa la extraña enfermedad. No lo llevaron a ningún medico, solo aceptamos que de en cuando en vez, don
Damiano se internaba en la quinta durante un par de días haciéndole la guardia a la verdura.
Luego de un año olvido el castellano, ya no recordaba otra cosa que su idioma natal. Yo iba igual, el me hablaba en polaco, y yo en castellano, y cosas raras de la vida, se había vuelto un parlanchín. Yo trataba de adivinar las frases y el entonces acompañaba gesticulando. Pasaban aviones, tiraban bombas, y yo seguía limpiando tomates.
Un día dejo de hablar, se había vuelto parco y meditabundo. Doña
Damiana lloraba en los rincones, mientras protestaba por la falta de consideración de ese hombre.
Lo encontraron muerto en la quinta con la escopeta al hombro, creo que murió en su mundo. Que imaginaba que estaba de nuevo en Polonia, que los
nazis ocupaban su pueblo, y que en cierta forma regreso a su patria.
Nada fue igual con su muerte, yo no volví por mucho tiempo a cruzar la reja, extrañaba ese espacio que me habían dejado compartir tantos años.
Venia a cuento de los círculos, de volver al origen, de encontrar nuestro lugar. De lanzarse al infinito para recuperar lo mínimo. De la vida nada más, de los
Damianos y los piñones.